Es un tema del que nadie quiere hablar. El documental “La gran ola” que emitirán las televisiones en breve, nos habla del riesgo real que existe principalmente en la costa atlántica andaluza, de que se repitan tsunamis devastadores como el de 1755. La pregunta no es si habrá o no catástrofe sino cuándo ocurrirá.

Algo muy similar está gestándose en nuestros colegios, en nuestro sistema educativo, muchas veces auspiciado, favorecido y propiciado por nosotros mismos, que preferimos los despachos y los papeles a la batalla – bendita batalla – del patio y el encuentro personal con los niños y jóvenes y sus familias. Parapetados en la burocracia, cada vez mayor, no es difícil encontrar educadores que presentan programaciones y unidades didácticas impecables e inmaculadas, convertidas en la excusa perfecta para no arrimar el hombro en lo que realmente importa: las personas, nuestros jóvenes.

La idea era buena, loable, tan simple como el fin que proponía defender: la simplificación de lo burocrático para lograr una mayor calidad en nuestra tarea educativa. Nada más lejos de la realidad. El experimento hace ya tiempo que escapó a nuestro control. Otras razones – empresariales y económicas – no pueden ya desmontarse sin hacer sangre. El daño está hecho. Y la herida abierta. Todo el mundo lo piensa. Todos lo sufren. Muy pocos se rebelan ante esta situación perversa que ya enfanga no pocos centros educativos y – lo que es peor – amenaza con instalarse en nuestra forma de pensar y actuar.

Me río yo de la gran ola… Esta de la que hablo ya está aquí y está arrasando con todo. Son muchas las víctimas ahogadas no por el agua sino por un mar de papeles, rúbricas y actas que hay que atender y que inevitablemente roban horas, días, semanas a la tarea fundamental que se presupone a la vocación del educador.

Nadie está dudando de la importancia de organizar nuestra metodología de trabajo; ni de la necesidad de contar con una buena programación – flexible, eso sí, porque flexible es la vida y flexible son los jóvenes y la sociedad líquida en la que nos movemos – ni tampoco de unos criterios de evaluación razonables.

En cambio, los frutos son bien distintos. Una rigidez que contrasta y dista mucho del tipo de aprendizaje que pretendemos defender.

Puedo entender que la administración educativa haya caído en la trampa y nos imponga un estilo que nada tiene que ver con lo que pregonamos desde el estilo salesiano: sentido común, creatividad, audacia evangélica, acompañamiento personal, alegría… ¡pero que nosotros mismos contribuyamos a liar fardos pesados sobre las espaldas de los educadores no tiene ningún sentido!

Algo estamos haciendo rematadamente mal cuando las estadísticas, los números y los informes son la prioridad.

En la mayoría de casos, en los diferentes claustros en los que he tenido la suerte de compartir misión, constato que no hay miedo a trabajar; sencillamente, se sienten educadores y no gestores acostumbrados a la perversa sensación de que solo importa lo que está registrado, compulsado y evaluado. Puedo dar fe del extendido fenómeno de educadores muy implicados en la Casa que, poco a poco, pasaron de ser alma y pasión de la Obra a convertirse en perfectos ejecutores de cánones cada vez más minuciosos y detallados.

Alguien tiene que decir basta. La historia nos juzgará y no podrá comprender en qué momento cambiamos el corazón por la evaluación de competencias y memorias que nadie leerá nunca.

La gran ola del documental quizás tarde en llegar. Ésta ya nos está engullendo y, nunca mejor dicho, estamos con el agua al cuello. Sálvese quien pueda.