“La dictadura económica se ha adueñado del mercado libre; por consiguiente, al deseo de lucro ha sucedido la desenfrenada ambición de poderío; la economía toda se ha hecho horrendamente dura, cruel, atroz”

(Quadragessimo Anno, nº 109)

La última encíclica del Papa ha suscitado una ola de reacciones, unas, positivas, y unas cuantas, adversas. Lo curioso es que, como viene sucediendo desde hace un tiempo,  estas reacciones provienen del sector más tradicionalista de la iglesia católica. Algunos son tan explícitos que llegan a acusarle nada menos que de herejía. No deja de ser curioso que se enfrenten al Papa, precisamente quienes hasta ayer reclamaban su autoridad como último argumento, y de cualquier opinión de papas anteriores hacían ley inamovible. 

“Papista, sí, pero mientras el Papa coincida conmigo”.

Llama la atención  la falta de imaginación de un sector dentro de la Iglesia Católica en particular, y, en general, de los defensores del neoliberalismo, en designar como comunista a todo lo que no entra en los dogmas del neoliberalismo económico. Apenas se propone la sanidad pública, la enseñanza pública, la gestión pública, surgen las acusaciones de comunismo, a lo que simplemente es la aplicación del principio encerrado en el Artículo 1 de la Constitución, en el que se define a España como “estado social, de derecho y democrático”.  Al referirse al comunismo pretenden resucitar un cadáver.

Quienes aúllan pidiendo la cabeza del Papa dentro de la Iglesia, parecen no haber leído nada de la Doctrina Social de la Iglesia. Y no digamos del Evangelio.

Recordemos que la Rerum Novarum fue tildada de “Socialismo católico”, y acusada de intervencionismo, pues proponía que el Estado debe defender a los más débiles, y arbitrar leyes que regulen las condiciones laborales, los salarios, y la distribución de los bienes. Éste ha sido un principio defendido en las siguientes encíclicas sociales, podemos decir en  todas, en las que se insiste en el principio del destino universal de los bienes, presente  en los primeros padres de la Iglesia, y sistematizado por Santo Tomás, recordado en los teólogos del S. XVI, y olvidado en los siglos siguientes, pues prevaleció la propuesta de los fisiócratas,  según la cual, la economía es una ciencia que tiene sus propias leyes, y no puede ser sometida a la ética, ni cristiana ni ninguna otra. Adam Smith hablaba de la mano invisible que regula la actividad económica, mediante las leyes de la oferta y la demanda, y se llega así a un equilibrio automático y espontáneo. Estas propuestas iban en contra de todo tipo de intervención del Estado. De ahí proviene el famoso “Laissez faire, laissez passer”, que dejó la actividad económica en manos de quienes la promovían, en un alarde de exaltación de la libertad. Sabemos a dónde llevó esa “neutralidad”. Los niños trabajaban en las minas hasta mediados del s. XIX, y no fue hasta décadas después que se establecieron leyes para limitar la jornada laboral. El no intervencionismo es una forma camuflada de la ley del más fuerte, donde solo quienes tienen medios pueden ejercer sus libertades. El no intervencionismo envió los niños a las minas de carbón, y es el mismo principio el que condena hoy a millones de menores a las fábricas textiles en países de Oriente, para regocijo de los consumidores occidentales, que pueden comprar a precio de ganga lo que se produjo en esclavitud. 

El neoliberalismo propugna la reducción del estado, y dejarlo todo en manos de iniciativa privada, “Porque lo privado siempre funciona mejor”, repetido incesantemente como dogma de fe, que no corresponde en absoluto a los hechos. Basta ver nuestro sistema de salud, que ha sido considerado como uno de los mejores del mundo, basado en el principio del intervencionismo estatal, y ahora amenazado por los intereses de quienes pretenden desmantelar a beneficio de sus aliados. El neoliberalismo, al consagrar la maximización del beneficio como valor absoluto, revive la vieja teoría de los fisiócratas, según la cual la economía tiene sus leyes, y nada se puede hacer, por ejemplo, ante una crisis, que, según este postulado, es como un terremoto, guiado por las leyes de la naturaleza. La consecuencia que se desprende es que nada se puede hacer. Esto deja una sensación de indefensión que es muy útil a quienes provocan y se aprovechan de las crisis. 

Así que ya saben ustedes: acaten las leyes inmisericordes de la economía: leyes laborales que esquilman los derechos de los trabajadores, destruyen el medio ambiente, acepten la exclusión de derechos como la sanidad, la educación de calidad y la vivienda, a gloria de especuladores. 

Se entiende que a los fondos buitre (ajustada y precisa definición) les enfurezcan las afirmaciones del papa Francisco, pero es más sorprendente que esto indigne a quienes se consideran católicos, y que deberían haber leído algo de lo que en este sentido dice el Magisterio de la Iglesia, al que tanto dicen defender. 

El papa Francisco no ha dicho nada nuevo. Todas sus afirmaciones están en línea con las encíclicas sociales desde León XIII hasta Benedicto XVI. La defensa de la ética frente a la imposición del dinero, es una constante. 

Quienes le acusan de hereje, o bien no han leído nada de las encíclicas sociales desde León XIII, o bien deben de acusar de herejes a todos los papas desde entonces. 

Quizá acusen también de herejes a santo Tomás, y los santos Padres de la Iglesia. Quizá su mente se ha turbado por la adrenalina que los agitadores de banderas han provocado a base de apelaciones patrióticas y músicas militares. 

A ésos les recordamos que los verdaderos patriotas  son quienes trabajan por el bien común, pagan sus impuestos para que todos puedan disfrutar de los derechos reconocidos en la Constitución. Apelar al patriotismo mientras se defiende la privatización de todo es ir en contra de los principios sociales que defiende la constitución, y, por supuesto, los principios de la Doctrina Social de la Iglesia. 

Ya dijo Jesús: “No podéis servir a Dios y al Dinero”. (Mt, 6,24). Es cuestión de elegir el bando.