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Don Bosco Doctor de la Iglesia

28 enero 2021

Como Santo Tomás de Aquino

¿Como San Agustín, San Jerónimo, San Ambrosio y San Gregorio Magno?

¿Y por qué no?

¿Cuatro “doctores” latinos?

¿O como San Basilio, San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo, San Atanasio?

¿Cuatro “doctores” griegos?

¿Y por qué no?

¿O como otros tantos que les siguen, eximios en santidad y magisterio?

Ya se intentó un par de veces, amigo Javier.

Pues a la tercera podía ir la vencida.

Y es que el nuevo “doctor” de la Iglesia no debe intentar adoctrinar, convencer o vencer, sino seducir. Y para eso no se necesitan muchas cátedras, organizaciones, libros, sino un líder carismático y una pantalla; sí, sí, una pantalla. Y entonces cualquier cosa puede ocurrir, porque ya lo ves, la historia va a toda pastilla –el papa Francisco ya ha sobrepasado a Benedicto XVI en número de años en la sede de Pedro– y se aceleran los procesos, las pandemias, los sínodos y hasta las vacunas.

Haría falta, falta…

Toledo. Es 1988.

Mi mente busca algo que sobresalga en el paisaje, pero no hay nada en toda esa niquelada extensión que se eleve con decisión sobre su aire recalentado, excepto la Vives Toletana.

El señor cardenal va a requerir tus trabajos, me dice Pilar Vela.

¿Don Marcelo?

¿Puedes tomar una decisión… o necesitas algo de tiempo?

No hay vacilación en mi respuesta.

– Continuaré con mis escritos donde vaya.

– Formidable sin duda.

Me froto la barbilla.

– Tendréis que contar con el provincial.

– Ya hemos hablado. Está de acuerdo. Es cierto.

– A una condición… sólo puedo decidir yo por mí mismo lo que queremos hacer y cómo lo queremos hacer y porqué y para qué.

Pues, haría falta, falta…

Estoy callado en el Archivo del Arzobispado de Toledo. Mientras mi mente trabaja van y vienen pensamientos de muros, casas, tierras y de vuelos.

Desde un abril de hace muchos años (1970), vuelvo a ver el cielo de Castelsardo, encalado con cigüeñas, emigrantes desde África hacia los tejados de media Europa.

Ahora es el cielo de Toledo.

Me quedan usanzas de otras vidas, de otros años. Voy teniendo más vida gastada en mirar legajos, cartas, expedientes, cuadros, herramientas, que caras. Y me gustan.

Ahora me entretengo en la del señor cardenal, Don Marcelo González Martín, pómulos pulidos como de cobre, esmerilados; un puchero de labios, piezas que no encajan, ojos miopes, en el fondo de una resignación endurecida.

Cuando hoy lo pienso, consigo tener en mi cabeza una cara entera benevolente de pontífice bienaventurado.

– Entonces, padre Francisco, nuestro trabajo.

– No puedo decirle nada sobre eso todavía.

– Sin embargo tiene usted una cara llena de eso, me dice y me la señala con la punta del dedo índice de la mano derecha y la recorre a distancia. Las caras están escritas.

– Las manos también, observo, y la vitela de los códices, y los aguafuertes del pintor, hasta el papel de lija que restriega la madera es escritura.

– A mí me basta con leer su cara.

– El cardenal Lorenzana es mucho cardenal. El siglo XVIII en Toledo y en México es mucho siglo. Tiempo, necesito tiempo.

– A la cumbre se sube por la falda. Se empieza por el principio, Don Marcelo.

Sin más vueltas, me escucho decir:

– Don Marcelo, es 1988, centenario de la muerte de San Juan Bosco. Una pastoral sobre el magisterio del fundador de los salesianos, escrita por usted, sería un buen regalo al magisterio episcopal español.

– San Juan Bosco tiene que ser doctor de la Iglesia, digo.

Me mira fijamente.

– ¿Cuál es, Don Marcelo, la naturaleza del doctor? Santidad, doctrina, extensión e influjo.

– Don Francisco no le parece un pronto, ¿no pisa usted el acelerador?

– Los cuatro primeros doctores latinos usaron el papiro, los griegos la vítela, los medievales y renacentistas ya el papel… y Don Bosco los juegos de mano.

Mientras sigo con mi corazonada de pretender añadir el doctorado del papiro al juego de manos del santo, no me doy cuenta que Don Santiago Calvo, su secretario, está de pie, esperando que levantemos la vista para aceptar su café.

– ¿Puedo ayudarle en algo?

– Sí, sí, en servirse.

Y se retira.

El café sube y sube, se desliza, aromático y fragoroso, por la garganta de la cafetera. Antes de beberlo, “Don Marcelo” dice una oración, en agradecimiento. ¿Y usted?, pregunta. Yo también.

Bendigo este café de amistad, propicia.

Bendigamos este café de la pastoral del primado de España.

“Don Marcelo” sostiene la taza blanca en la palma de su mano. Y bebemos sentados uno frente al otro.

Y allí nació la pastoral San Juan Bosco, confianza en la Iglesia, como rodrigón robusto, de primera floración, con carácter multiplicativo. Partí, pues, desde la sede primada, como quien va de crucero con despedida de pañuelos blancos, los del obispo auxiliar Palmero Ramos, los del hoy vicario general García-Magán, siempre exquisito y puntual, y sus compis Carlos, Gregorio, Pedro, Francisco María, Martín, Perico, Donate, y el castrense, Jesús Honduvilla, y sin pagar caprichos a nadie.

Amigo Javier, la cucharilla amiga del primado se hizo amiga en otros tantos cafés de amistad con el obispo de Sigüenza-Guadalajara, el de Plasencia, el de Barcelona, el de Valladolid, el de Salamanca, el de Ciudad Real, el de León, el de Burgos, Orihuela-Alicante, La Calzada y Logroño, Ciudad Rodrigo y la del mismísimo nuncio Tagliaferri y la de nuestro mejor cardenal Antonio María Javierre.

Nos fallaron el obispo de Bilbao, el de Segorbe-Castellón y el de Pamplona. Suum cuique! Y algún día te diré cómo y porqué. Los tres desde sus distintos lugares me hicieron, cada uno a su manera, un susurro de acomodo, hasta unas palmadas al hombro, sin duda porque iba acompañado de Ricardo Arias. Me da por pensar que sus susurros eran oraciones.

Y ya está bien. Basta de exhibicionismo.

Hasta la sombra de esas tres fallidas pastorales son una estela de gravedad y pillar viento.

¿Guardas las tazas de los cafés de amistad? Me dirás.

Guardo las pastorales de los obispos de España en el libro: Don Bosco. Maestro de espíritu, precedido por el prólogo de Don Egidio Viganó, superior general y publicado por nuestra Editorial CCS, con un monto de 923 páginas, el año 1990.

Los obispos de España me llevaron con ellos, porque yo también apesté a pastorales desde 1988 al 1990. Hasta nos dimos la mano como confirmación tácita del pacto, de la apuesta: Don Bosco, doctor de la Iglesia. Pero la meta no era el logro, sino la superación de los primeros meses. Una vez pasada esa punta, ya importaba ni el cuánto ni cuántos. Como en la fábrica al principio, las máquinas giran y giran, se mueven y un obrero ha de acomodarse al engranaje hasta llegar a no hacerle caso. Así, en distintos momentos de los dos años, me olvidaba de dónde estaba. Es, era, la primera señal de adaptación.

Don Bosco, doctor de la Iglesia. Don Bosco, doctor de la Iglesia. Yo mismo me daba cuerda. Como San Francisco de Sales, como Santo Tomás de Aquino, como San Buenaventura, ¿por qué no? Si los monseñores creen que voy a ahorcarme con mi propia cuerda, pierden el tiempo. Si “eruditos a la violeta” creen que al hablar voy a tropezar en una contradicción, se equivocan de persona. No puedo tropezar, porque en la montaña de Toledo, si uno tropieza, se despeña.

      Amigo Javier, aprendemos idiomas y no sabemos leer los signos del doctor Don Bosco: los juegos de manos son magia sacramental; los cantos y excursiones por el Piamonte son arengas apologéticas; los toques de acordeón son proverbios latinos o suras árabes; los juegos de pies (los cien metros, los doscientos, el balón pie) son puentes entre razas y culturas (sus mejores amigos), judíos y masones: Cavour, Ratazzi, Siccardi; los sueños, relatos morales; las Lecturas Católicas, el Hola sentimental de las clases populares; El amigo de la Juventud, el periódico fallido (ocho meses), que buscaba el aire y el viaje a pie de cada chico que se dirigía hacia la vida.

– A mí me basta con leer su cara, Don Francisco.

– Las caras están escritas, Don Marcelo.

– ¿Qué página prefiere?

– La última, el cuello con arrugas paralelas de mis ochenta años.

Su voz se vuelve más acogedora. Me doy cuenta de que voy por detrás de sus palabras, de que carezco de gobierno para detenerlas.

– Don Bosco doctor de la Iglesia como Santo Tomás de Aquino.

– No puedo decir nada sobre eso.

– Sin embargo, Don Marcelo, tiene usted una cara llena de eso.

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