Saludos amigos lectores del Boletín Salesiano. Iniciamos el 2021 con el fuerte deseo de que sea mejor que el precedente; hemos de cultivar la esperanza, porque nos hace bien y nos ayuda a vivir mejor, con más sentido.

En el último domingo de enero, celebramos la fiesta de Don Bosco, también este año de un modo diferente, porque la pandemia no ha desaparecido y ha condicionado tantas cosas.

Reflexión compartida

En este contexto, elijo como reflexión para compartiros, lo que he rezado y sigo rezando a lo largo de estos últimos 7 años. Casi todos los días rezo así: “Señor, que no deje de asombrarme; Señor, que nunca me acostumbre a algunas cosas”. Y explico lo que quiero decir.

En el sexenio pasado, antes de la pandemia, tuve la oportunidad, y también la exigencia, de visitar 100 naciones del mundo donde hay presencias salesianas, ya sean de los propios Salesianos y de la Familia Salesiana en general, en algunas de sus Congregaciones y ramas diversas.

Y conocí una realidad tan increíble, fascinante, preciosa, dolorosa muchas veces, que mi oración de cada día y mi pensamiento al regresar a Roma llevaba este contenido: “Señor, que nunca deje de sorprenderme”:

Que no deje de sorprenderme al ver la dignidad de cientos de mujeres solas con sus hijos (fallecidos o desaparecidos sus esposos), en el campo de refugiados de Juba (Sudán del Sur), que existe en nuestra presencia salesiana y en el terreno de la casa salesiana de Juba. Que no deje de valorar la decisión de acompañar como salesianos a esas personas que no tienen nada y seguramente a nadie…

De la alegría que experimenté de conocer en la Ciudad don Bosco de Medellín (Colombia) a los adolescentes que vivían en esa casa salesiana. Ahí habían vuelto a conectarse con los estudios, cuando habían estado meses o años atrás como soldados de la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia). Aquellos jóvenes ‘rescatados y salvados’ vivían con sonrisa y esperanza.

Del bien que se hace al vivir una comunidad salesiana en el corazón del campo de refugiados de Kakuma (Norte de Kenia), un campo de refugiados de la ONU que es casi una ciudad, con más de 300.000 personas, y del que formamos parte desde hace muchos años. Y digo formar parte de modo “extraordinario”, porque una normativa de estos campos de refugiados dice que en la tarde-noche nadie ajeno al mismo puede permanecer ahí. Nuestro espíritu educativo nos ha permitido tener una casa para vivir en medio de estas familias, una escuela donde enseñarles un oficio y una parroquia que se hace presente en varios lugares de dicho campo.

Ante la cercanía que experimenté con la gente de las Villas en Argentina, especialmente en el ‘gran Buenos Aires’. Así se conoce el extrarradio de la ciudad, ‘curas villeros’ llaman a varios párrocos diocesanos que estaban muy acompañados por quien hoy es el papa Francisco, y donde también están nuestros salesianos y salesianas.

De los rostros y sonrisas que encontré en tantos chicos y chicas acogidos en nuestras casas y ‘rescatados de la calle’. Lo son, ya sea en Colombia, Sierra Leona, Angola, o en India. Pude ver tantos ‘milagros’ al recorrer los lugares donde estos jóvenes viven y duermen, donde ‘esnifan’ productos químicos, pinturas y adhesivos que destruyen sus pulmones, y tomar un primer contacto hasta proponerles ir a la casa salesiana para asearse y comer y quedarse allí si lo desean, ha salvado vidas, tantas vidas.

De la esperanza y la dignidad que encontré en tantos jóvenes animadores, estudiantes y universitarios en Damasco y Alepo, que junto con nuestros hermanos salesianos seguían cada día convocando a cientos de muchachitos para que la guerra en su país no fuese tan terrible. Allí no escuché lamentos. Escuché argumentos lúcidos sobre la guerra y los diversos intereses de tantas naciones, pero encontré dignidad y solidaridad, encontré fraternidad y fe.

Ante la realidad de la vida compartida a lo largo de los años con tantos pueblos originarios, ya sea con los Yanomami, Xavantes, Boi-Bororo del Brasil, o Ayoreos y Guaraníes del Paraguay, o Shoar y Achuar del Ecuador. Cuando pude conocerlos no dejé de maravillarme de su realidad y la de mis hermanos y hermanas, tantos años compartiendo la vida con ellos.

No daré la espalda a la otra realidad

Al mismo tiempo, tengo miedo de acostumbrarme al número de muertos por la COVID-19, que sea solo una curiosidad de cifras, cuando hay tantas historias de dolor (muchas veces de vidas maravillosas) detrás de esas muertes, ni al dolor que producen las migraciones y los muertos en el Mediterráneo por querer llegar a Europa, o en las fronteras y ríos de diversas naciones de América Central, en el intento de llegar más al norte, al abuso de las mafias que explotan a las personas, a ver filas y filas de personas que esperan un plato de comida en nuestras grandes ciudades de ‘primer mundo’, pero que encierran historias muy dolorosas.

Amigos lectores, este es mi sencillo y humilde mensaje. Os sigo deseando un nuevo 2021 lleno de esperanza, de auténtica y verdadera esperanza.

 

Fuente: Boletín Salesiano