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«Madre Memoria Alcarria»

10 febrero 2021

“Incomparables pajaritas de papel”

Amigo Javier, centrado en una ingesta diaria de diuréticos y ansiolíticos y convertido mi cuarto de trabajador a destajo –sin ordenador, sin tele, sin radio y apagado el móvil– en el plató de Barrio Sésamo, todavía tengo incompleta mi colección SUCESORES, que me encargó a modo de sugerencia, el Consejo General, de Don Pascual Chávez y LA ALDABA, que me encargué yo a mí mismo, escritos a mano, con luz artificial y una prosa que nace del pensar escribiendo o del escribir pensando y unos conocimientos de historia de más de sesenta años de lecturas y con la base de la Universidad Gregoriana durante cinco años. O sea.

Oye Javier, guarda estos datos como secreto, son mi propiedad, mi sombra, mi bicho y mi amor.

Juzgar mis SUCESORES de simples escenas es confundir “la velocidad con el tocino”, muy propio de intrusistas y marisabidillos de la aldea digital, cuando no consecuencia de idiosia, mezclada con nesciencia. Soy hijo de un obrero metalúrgico y de maestra nacional en la República, no reciclada con el nuevo régimen del 39. A mi manera, obrero del pensamiento, con mi fragua encendida de la mirada (esa mirada, Paco, dice mi amigo Santiago García Mourelo), el pecho abierto de arriba abajo y recosido y vuelto a recoser por el doctor Mesa, Paylos, Ruiz, Tello y alma transparente de chico de posguerra, con ronchas, roña y sabañones… quiere lanzar un himno, una plegaria en mi anochecer, para buscar en la historia de los salesianos, lo admirable, lo incomparable, lo descolocado.

Admiraba Rubén Darío al Unamuno pensador y también al que construía “incomparables pajaritas de papel”. Como “maestrillo” tuve que dar “papiroflexia” a los chiquillos de Ciudad Real, a los “filosofillos” de Guada en los veranos y a los pequeñajos del Asilo de las Hijas de la Caridad, en Nulvi (Cerdeña, Italia), siempre asomado a las puertas de los niños para vislumbrar lo desconocido, lo sorprendente, lo más cercano a Dios. No sé.

Mi padre en la “papiroflexia” fue el maestro nacional, Don Manuel Ortega Centenera, sacerdote salesiano al que, en su momento, preparé su fiesta de “Primera Misa” en Brihuega, junio de 1965, en la parroquia de Santa María de La Peña, apadrinado “a longe” por el mejor calígrafo que he conocido, después de Steve Jobs, el salesiano Mariano Ruiz, natural de la simpar villa de Jadraque.

Si en el artículo anterior te traje “Madre Tierra Alcarria”, hoy quiero ofrecerte “Madre Memoria Alcarria”, de la mano de Manolo Ortega.

Me brota el contento del sentimiento sobre tan buenos amigos y sobre esa Memoria te quiero construir mis no menos “incomparables pajaritas de papel” y echarlas a volar por el Henares, ¡ay! También de papel.

Recaderas sostenidas de maternidad cruzan las aduanas nerviosas de los tramos de nuestro siglo XX, las “Madres Memoria”. Son de las “mammas” más audaces, sacrificadas y cariñosas contemporáneas: “Cecilia Grupeli” alberga miles de moléculas de extraordinaria humildad y una fuertísima convicción católica, que le llevará a sufrir hasta lo blando del hueso por las situaciones adversas de los jodidos mundos de guerra y posguerra. Sacará adelante, hasta perdido su marido Vicente, toda una saga, feliz y amiga: María Antonia, Vicente (el chaval más noble que yo conocí en Arévalo, verano 1965), Ángel, Mari Carmen, Juan Bautista, Milagrosa, Blanca Esther, Javier, Fernando y José Luis.

Nada, Javier, de abundancia aumentativa.

Enfilo la mirada a Loli Herranz, esa Biblia de los dos brazos, junto a su marido Santos, el “profe por excelencia de lengua”, felicidad compensada con sus siete hijos: Lola y Ester, mitos de belleza y bondad, que al lado de Carmen Rodríguez del Olmo, conforman “Las Ángeles de Francis”, una geografía levantada con los whassap más chulos y privados; Begoña, aliento indomable; Mariangeles, la simpatía inteligente a raudales; Blanca, hospitalaria, cercana y cariñosa; Paz, el fuego del violín y la fuerza de la creación y Santos junior, el “mimado” de todos y el rey que da cuerda al mecanismo de todos, empezando por los pies.

Y, en fin, por ahora, María Dolores Salsamendi –Yolo–, dama donostiarra/alcarreña, trueno de fe católica y dulzura social y moral, talla humana descomunal y lucidez sin fin en Iñigo, el deportista; Alberto, el emprendedor; Oscar, el conseguidor y Patxi, el médico doctor, los cuatro instalados en Guadalajara bajo el nombre, original y solidario de “los Quemada”.

Suelo ser, Javier, contundente y esquivo, y, más ahora, que el tiempo se me escapa, ante nuestra cultura, la del entretenimiento.

Y con las “Madres Memoria” de La Alcarria quiero atravesar la claraboya de su hogar para llegar al paisaje personal de sus hijos.

Ciegamente madres son: Teresa Pedregal y Titina Balaguer.

Teresa Pedregal –incalculable, espontánea, acogedora– de su relación con Emilio, queda rastro brillante en Antonio, Violeta, Maite y José Manuel –noble, sano, contundente y amigo de siempre– con él compartí tantos y tantos buenos ratos en El Cazador y en la Cafetería Castilla, a veces junto a Benito (“con o sin bigote”). La suya no fue nunca una adolescencia de verja cerrada. Cuando chavalote comenzaron los viajes con su familia. En estas aventuras fue perdiendo el síndrome de los verdes bosques y el aire de granja abierta de Horche para tricotarse por dentro una estela de independiente y listo, sin darse importancia.

Titina Balaguer, fascinadora y fascinante, directa y coloquial, amiga de “Don Octavio”, el párroco y también amiga mía, cómplice en alguna que otra trastada, desposada con Antonio Alonso, del que se cuentan esas historias, tan púnicas, del gran molinero industrial, que con un ejército de duendes digitales, salidos del enigmático “Castillo de Cela”, echa a moler miles de kilos de harina (¿doscientos mil diarios?) en Torija y a base de horas y trabajos alucinantes pasaron de Harinas San Antonio a Harinas Torija, que dan pan y futuro a medio Madrid. Sus chicos –Toño, Quique, Mario, Cristina y Gloria– son la mejor creación de sí mismos. Casé a Toño en Madrid con Marisol, porque les dio la gana y bauticé a sus chicos Toño junior y Guille por lo mismo. Hasta vino a llamar a mi escondido rincón de Aravaca, donde durante un año largo escribí la aproximación histórica de la fundadora de las Franciscanas del Bueno Consejo, que publicó la BAC con el título: “Teresa Rodón Asensio. La fuerza de la verdad, Madrid, 1995, 584 págs.

José Manuel y Toño, Toño y José Manuel, nos hemos escrito a lo largo de la vida. “Genial” me llamabais, lo que me descompensaba los nervios en mi trabajo. “Geniales” los dos, amigos los dos. Gracias.

“Incomparables pajaritas de papel”.

Javier, aprieto los dedos sobre el boli y continúo como si llevara en el gaznate el desgarro de una raza entera.

Causa, diana y cobijo de sus hijos son Bernarda Calvo, perfumada de fe y trabajo, agua bendita de Vicente Ruiz –Tito– que, con su esposa Begoña, aceleran el pulso de sus hijos, ya adolescentes, Karan, Julia y María, dedicándoles sus mejores momentos y desvelos; Araceli Albacete, madre valiente y entregada, de Raúl Torija, combinación de fuerza y desafío, con un frente de ideales y una retaguardia de buen compañero y amigo; Carmen Fernández, magia y coraje de Juan Alberto, Mario y Olga Mara, la alquimia de La Villa de Madrid, de donde salió la idea de vender “Polvorones Pío XII”, de la mismísima Estepa, para cubrir gastos de los Viajes de Fin de Curso a Cataluña, Andalucía, Baleares. Amiga mía en todos los momentos y qué momentos, recientemente fallecida y Sara Plaza, estraperlo de afecto y de amor con Enrique. Entre los dos se estableció una combustión, que fue más allá de sus maravillosos hijos: Maravillas, Sara y Enrique, y se multiplicó en La Juguetera Alcarreña, que es la carta náutica de cualquier naufragio, con los juguetes de la ilusión y la magia, para chicos y grandes, cuando no existe más herida que la vida misma.

“Madre Memoria Alcarria”.

Recuento de llagas emocionales.

Revolución de fe católica, que habla de apuestas seculares.

«Madres Memoria”, habéis ido contorneando desde la cruda realidad de guerra, posguerra, desarrollismo, una heráldica obrera. Una certeza que los años han afianzado. Carmen Antón, junto con Julio Espinosa, tenía en el ánimo un corte horizontal desde el que le manaba un ventarrón de justicia social y evangelización hasta en los hijos más pequeños: Salva, el alumbrado de Taizé, el abanderado de Jesucristo en la diócesis y en las “Anas” y Teresa, la forja de las nuevas salesianas en Roma, ahora con cepa española y antes Juan, Mage, Santiago, Alfonso, Mari Carmen, Javier y Julio. “El orden de factores no altera el producto”.

Ver la vida de los “Espinosa” con cierta distancia es fascinante.

“Son buenos y nobles”, afirma mi médico Fer Ruiz Grande.

María Luisa, madre de “Los Garralón”, esas manos encendidas que arden siempre en sus hijos Mari Paz, Jesús y Javier, esa vanguardia de inteligencia, buen saber y buen hacer y Rosario de La Roja, que con Julián, dejaron paso a un vivero de “Utrillas”, trabajadores, sufridores y magnánimos, el fallecido Javier (tan querido por Juan Luquero), Charo y Miguel Ángel –amigo de todas las estaciones– emblema alcarreño de responsabilidad y simpatía, sin dejar de recordar nuestras huidas a Ruguilla, para degustar los magníficos caldos de su bodega. No sé si eran Faustino I o Pago de Capellanes.

“Incomparables pajaritas de papel”.

– Manolo Ortega Centenera, con tu desaparición, desaparecía yo un poco también.

– ¿Desaparecido yo?

– Sí, sí, desaparecido. ¿Y a quién se lo dijiste?

– Bueno, la cosa se complicó un poco.

– Oye, como resulta difícil ir dándole largas al asunto te traigo en mi artículo de “Madre Memoria”. No es una forma de cortesía, sino de justicia.

– Gracias –dice con una leve sonrisa.

– “Genial, Manolo”, ya estás al otro lado de las cosas.

Amigo Javier, la alarma del infierno venidero no hace más que sonar.

«Madre Memoria Alcarria” se encuentra con la alarma, a la que vapulea con una diatriba serena contra el adanismo, los designios del neocomunismo y las falsedades de las situaciones sociopolíticas.

“Madres Alcarria” se echan a volar, aunque sean “incomparables pajaritas de papel”.

1 Comentario

  1. Pablo Labrado

    Tantas personas llenas de vida y acontecimientos diferentes marcan las experiencias de madres que han sabido transmitir los valores auténticos en la familia. Se necesita recuperar lo que es una madre en la familia el mejor tesoro que tiene una sociedad.

    Responder

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