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Vínculo

21 abril 2021

Algo más que una loa a la Hoya de Huesca

Amigo Javier, yo no me reprocho a mí mismo entrar en mis secretos. El corazón de una tierra se concede a quien la vio con fascinación adulta, por primera vez, o a quien nació allí.

Por de pronto yo tiendo a fiarme de mi ceguera y a dar por buena la memoria de mi piel, el aroma de mi olfato, la visión de mis ojos, los rumores de mi oído, el sabor de mi gusto. Por eso ahora voy a cerrar cuatro paréntesis, y lo haré con calmada seguridad, acunado por el automóvil de Nacho Sánchez Mingo, que me lleva hacia Aragón. )))) Voilà Huesca, Casbas, Sieso, Labata, Angüés, Binéfar.

Era el 14 de abril de 2012.

– ¿Es tan importante volver a Casbas para ti?

– Sí. Creo que sí.

– ¿Por qué?

– Mira, en la repetición de los gestos contenemos el mundo, todo nuestro mundo: es como llevar de la mano a un chiquillo, para que no se pierda. Pero es que a lo mejor el chiquillo no se pierde. A lo menor lo único que quiere es correr un poco, saltar, brincar suelto, y ya es feliz.

– Yo no me haría muchas ilusiones al respecto.

– Al respecto de qué.

– Los pueblos de la Hoya están medio desaparecidos.

– Lo digo completamente en serio.

– Me quedan vínculos.

Nacho, cogido por sorpresa, hace un gesto vago en el aire, mientras conduce.

– ¿Es decir?

– El Monasterio, la parroquia, la abadía, casas, cosas, piedras.

De repente, recobro la emoción física de pequeñajo.

En un solo gesto está una vida, en un solo momento está una persona, en una sola etapa está un hombre, “en un solo hombre están todos los hombres”, dice la Zambrano.

Ya en Casbas, después de sesenta y siete años.

Recuerdo días y movimientos, que discurren como el trazado de una grieta y apuntan al tuntún para inventar una forma de perdurar.

Siento en la espalda el roce de los dedos de mi abuela, Mamá Nona, bajada de algún altar de la parroquia de San Nicolás, a quitarme el peso del cuerpo.

– ¿Te acuerdas, Mamá Nona?

– Claro, las noches de invierno.

– Hoy toca La Verbena de La Paloma.

Y mi abuela se lanza unos compases de chotis casero en camisón, acompañados de sus gorgoritos aflautados.

Los dedos de mi abuela regresan, están a mi lado, oscurecidos por el sol, cuajados de nudos, como los ojos de la madera. Sostienen las puntas de un mantón y al mismo tiempo me sostienen a mí, a mi total atención.

– Hoy Doña Francisquita, hoy… hoy…

Preside los bailes nocturnos una estatuilla de San Antonio de Padua desde una hornacina, mientras titila una llamita de la lamparilla, que aclara nuestra oscuridad y agiganta nuestras sombras.

La noche cae ya suavemente sobre los tejados.

Mamá Nona y yo nos acostamos juntos en un lecho medieval, con baldaquino y todo, por si su Ilustrísima se acerca alguna vez a dormir a Casbas. Ella me mira la nariz, yo observo el techo con vigas de madera carcomidas.

Sigo mi aventura infantil, sazonada de olores escritos.

A Nacho Sánchez Mingo le pasan unas sombras por la cara, no sé si son nubes de Sierra de Guara o un pensamiento. Está de pie, esperando que levante la vista hacia una casa solariega: la de “los Mairal”. Reparo, a su vez, que la abadía, mi casa durante dos años (1946-48). En su lugar se ofrece un solar enjaulado, en espera de destino.

Terrones de nosotros para recordar.

A la distancia de seguridad de casi toda una vida extiendo la vista en busca de un vínculo. Llevo en mis gestos el silencio de alguien que no oye y… lo encuentro: la hornacina de San Antonio, trastocada, deformada, pero la misma. Pequeña obra de arte.

Ahondo y cavo en mi pensamiento.

Cavo nombres.

Extraño palabras, caras, personas.

Los Maserico, Los Mairal, los Cereceda, los Viñuales.

Amigo Javier, yo recuerdo cada persona, esa es mi penitencia y nadie me la puede quitar. He ido por el mundo con esta lepra en la cara, que hace que se aparten los “Agraviados”, los “Envidias”, los “Chuletos”.

Cavo más nombres.

El Real Monasterio de Santa María la Virgen de Gloria.

Madre Dolores, Madre Inmaculada (la pequeñita), Madre Mercedes.

Las extraño, las busco, las pienso.

Estoy al borde de un abismo de sentimientos.

Atravesamos el portón de entrada al patio grande del Monasterio.

– Nacho, mira, parecen las mismísimas piedras de hace setenta años.

– Es que igual lo son.

– Mira, las mismas fuentes, las mismas piedras, los mismos abrevaderos.

– Mira, mira, la puerta de ingreso al templo… románico purísimo del 1100.

El sentimiento golpea, pero yo no lo abro.

Me viene un golpe de lágrima. Que no.

Con júbilo santo / el alma rebosa / Oh, madre piadosa / vienen a tu altar / Los hijos de Casbas / que de ti anhelan / la más alta prueba / de su amor filial.

Advierto cosquilleo y quemazón.

Aun me acuerdo del himno de la Virgen de Gloria.

Es un centelleo de pistas. El coro de la Guardia Civil lo bordaba. Las bernardas lo niquelaban y la voz de la legión de monagos se incrustaba en alta fidelidad en los insomnios de las ancianas piadosas, que vivieron la guerra.

Cuando la vida coincide con una obra de arte, se establece el vínculo perfecto.

Terrones de nosotros para recordar.

Me doy cuenta de que Nacho está a pie de coche esperándome para salir hacia Binéfar, tierra de sus amores y uno de los objetivos del viaje.

Comemos en la Lonja de ganaderos, que marca el precio de la carne para toda España y pasamos por FRIBIN, el matadero de toda la vida, al que se ha sumado ahora otro construido por unos italianos, con ochocientos empleados.

Nacho va y viene. Visita las obras. Nacho es arquitecto. Es profe en la Facultad de Arquitectura. Es un grande en todo.

Compramos los estupendos “altabines”, dulces típicos que inventaron en la pastelería “Altaba” y los “sequillos”, especie de tortas con canela y rellenas de calabaza, ambos de origen árabe.

Tengo la impresión, a lo largo del día, de escuchar la voz de mi abuela, de mi madre Nieves, de mi tío, mosén Gregorio. Me crece en el cuerpo una dimensión que me provoca pensamientos como: desapareció la abadía, pero quedó un vínculo, la hornacina mutilada; desaparecieron las bernardas, pero quedó un vínculo, el monasterio maltrecho.

En medio de una calma chicha, que no disminuye, es más que me mantiene despierto, me pregunto si no quedará algún otro vínculo que me une más a Casbas. Me disgusta mucho ese error del tiempo que desbarata los deseos sin hacerlos coincidir.

No oí regresar a Nacho, entretenido en mis pensamientos.

– ¿Volvemos a Casbas, camino ya de Madrid?

– ¿Qué te parece?

He aprendido de mi cuerpo que cuando estoy cansado aumento la atención y la lucidez. En todo caso quiero volver a Casbas.

Aparcamos en la plaza de San Nicolás, después de recorrer la calle de San Fabián.

La parroquia está abierta.

Entramos.

Retrocedo a los tiempos apropiados de mi infancia, al ver venir a mi encuentro a un señor maduro y una joven muchacha.

Nos saludamos. Aprieto con fuerza sus manos.

Me sirven de puente.

– Hace, señor, setenta y tantos años que yo rezaba aquí con mi abuela el rosario casi todos los días después de comer, mientras Mosén se echaba la siesta.

– ¿Mosén?

– Mosén Gregorio Sánchez Ara.

– Hombre, todavía conservamos fotos de él en el ayuntamiento.

– Gran tipo, sabe, noble, sano, listo, pillo.

– Le enterraron en Ara, su pueblo.

Me quedo en silencio.

En aquel silencio pienso en una respuesta.

Parece como si hubiera alguien entre nosotros, como si nos estuviéramos mandando cartas y un cartero –o María la cartera de posguerra de Casbas– entregara a prisa la correspondencia.

– Señor, ¿y esos tapices, dos tapices, que cubren parte del ábside?

– Siempre han estado ahí, siempre los hemos visto ahí.

– Exploto de repente. Estallo con alegría contenida, no coral y creciente, sino nerviosa y abstracta: “Dios, los tapices de Mamá Nona, los tapices de mi abuela”. Percibo algo de mi abuela en mí. Me quedo quieto, como paralizado, esforzándome por no hacer ningún gesto.

Rezamos. Nos despedimos.

– Mira, Nacho, tengo la carne de gallina.

Con los dos reposteros se establece el vínculo perfecto.

Terrones de nosotros para recordar.

Nosotros, amigo Javier, que nos hemos vuelto ancianos después de aquel tiempo, somos fruto de una época, más que de cualquier otra tierra firme.

Mi madre Nieves, mi abuela Mamá Nona, mi padre Román, mi tío Gregorio, me transmitieron el gusto por la libertad, el valor individual, la fe, el buscar el propio camino. No pude nacer en periodo más acertado.

3 Comentarios

  1. Samuel

    ¿Eran los tapices de tu abuela porque los hizo ella, o porque estaban ya en la iglesia cuando vivías allí con tu abuela?

    Responder
  2. Ángel Aguado Sanz

    Se nota morriña de tu vida de niño en Huesca, en esos pueblos de Dios. Tu abuela Nona de sus gentes. Como sabes, Paco, hace un año estuve por esos lugares, por ese valle y la verdad he decir, que te comprendo la infancia marca donde has sido feliz. Yo volveré por aquellos lares cuando se pueda viajar. A retomar sus aires, las fragancias del campo entre montañas, sus ríos y cascadas, sus bosques, sus pueblos tímidos escondidos de piedra mimetizados en la inmensidad de los valles y montañas. Morriña Paco, mucha morriña.

    Responder
  3. L. Fdo. Sáenz de Miera Pastor

    LAS RAICES Y LAS VIVENCIAS, DE NUESTRA NIÑEZ, EN EL ENTORNO FAMILIAR, EN LAS CORRERIAS DE NUESTROS PRIMEROS AÑOS, NO SON RECUERDOS TRISTES, NI «MORRIÑOSOS»,
    PUES SIEMPRE ENCONTRAREMOS. EN ELLOS, LA RIQUEZA DE NUESTRO PRESENTE.
    A VECES NO SOMOS CONSCIENTES DE QUE A NUESTRA VIDA HAY QUE DARLA LO MEJOR QUE TENEMOS COMO PERSONAS. VALORES HUMANOS, ESPIRITUALESB. OPTIMISMO Y ALEGRÍA DE VIVIR.
    Y ESO CUANDO SE HA TENIDO LA SUERTE MARAVILLOSA DE UNA ABUELA, UNA NIEVES, UN MOSEM… Y UN ENTORNO, SIEMPRE SERÁ ALGO BONITO.

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