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La capa pluvial

27 abril 2021

Oficiando una nueva celebración

Soy una capa pluvial. Estoy considerada como el más noble de los ornamentos litúrgicos. Nací para revestir a los sacerdotes en las grandes celebraciones y procesiones. Mi cuerpo está profusamente embellecido con ricos bordados. Me educaron para dar realce a las ceremonias religiosas.

Nunca olvidaré aquella mañana. Yo descansaba en la sacristía de un templo de Turín. De pronto, llegaron tres mozalbetes. Educadamente se quitaron su gorra de obreros. Preguntaron por mí. El sacristán les miró con desconfianza y les conminó a abandonar la sacristía. Entonces ellos pronunciaron una palabra mágica: Don Bosco.

No hizo falta más. El prestigio de aquel cura joven era tal que el sacristán me descolgó de la percha. Me plegó y cubrió con un paño de tela blanca. Me depositó en las manos de aquellos muchachos. Los jóvenes, tras reiterar las gracias en nombre de Don Bosco, abandonaron la iglesia.

Al salir a la calle, emprendieron veloz carrera. Cuando les sentí correr, tomé conciencia del engaño. Los finos hilos de mis bordados temblaron. ¡Me habían robado! Los peores presagios cruzaron por mi mente.

Se detuvieron ante un humilde edificio. Penetraron sigilosamente. Me depositaron en el rincón más recóndito. Escuché voces de muchachos en la lejanía.

Al quedar sola, me invadieron oscuros temores. ¿Me despedazarían para venderme a trozos? ¿A qué usos sacrílegos se vería obligado mi cuerpo de raso, seda y terciopelo?

Horas después volvieron los tres jóvenes. Depositaron junto a mí dos paquetes que contenían otras tantas capas pluviales. También ellas habían sido sustraídas. ¡Éramos víctimas de una red organizada de ladrones! El llanto de las capas recién llegadas se unió a mis lamentos.

Al día siguiente regresaron los tres mozalbetes. Destaparon apresuradamente los envoltorios que nos cubrían. Nos desplegaron y tomaron entre sus manos. Y, cuando nos temíamos lo peor, ocurrió algo insólito. Nos colocaron sobre sus hombros. Ciñeron tres coronas doradas sobre sus cabezas. Penetraron en un salón repleto de muchachos y comenzaron a desfilar con paso majestuoso por el pasillo central. Avanzaron hacia el escenario iluminado por quinqués de aceite.

Al ver a los tres Reyes Magos tan dignamente disfrazados, los muchachos aplaudieron con fuerza…

Subieron al escenario. Se hincaron de rodillas ante el pesebre. Ofrecieron sus presentes al Niño.

Todavía no sé porque lo hice, pero me dejé llevar por su entusiasmo y les ofrecí mi mejor esplendor. Olvidé antiguas ceremonias litúrgicas y procesiones. Me uní a aquella nueva celebración: la que brotaba de la sencillez y ternura de los chicos de Don Bosco.

Nota: Enero 1850. Para una representación navideña sobre los Reyes Magos, varios jóvenes del Oratorio piden prestadas, en secreto, varias capas pluviales a algunas parroquias. Para conseguir estos ornamentos litúrgicos, utilizan el nombre de Don Bosco. Con estas capas pluviales lograron disfrazarse con gran decoro y boato (MBe IV, 21).

Fuente: Boletín Salesiano

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