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¿Sabes que San Juan Bosco estuvo en Navarra?

12 mayo 2021

¿Y en el “Triángulo de las Bermudas” del Valle de Larráun?

¿Sí, sí, entre Aldatz, Lekunberri y Aralar?

Amigo Javier, yo nunca he estado en Turín. Nunca. Nun-ca.

A brucciapelo”, “A quemarropa”.

Por lo tanto yo nunca he estado en el barrio del Dora, ni en Valdocco, ni en la Casa Madre de los salesianos, ni en la Basílica de María Auxiliadora, ni en la pequeña iglesia de San Francisco de Sales, ni en el “Cortile”, ni en el cercano Cottolengo, ni en Porta Palazzo… tampoco en I Becchi, ni el “Colle Don Bosco”, ni en Castelnuovo, ni en Asti, ni en Capriglio, ni en Buttigliera, ni en Montafia, ni en la granja “Moglia”, ni en Monccuco, ni en Mondonio, lar de Domingo Savio.

¿Entonces?

¿Necesitas ayuda?

¿Ayuda de qué?

“Uno que te mate”, me irrumpe un buen amigo, como Xabier Camino. “¡Vamos que…!”.

“Uno que te mate. ¿Uno que bien te quiera no es lo mismo?”. A uno que contesta gracioso y agrio le hace falta un descarado.

Mira, amigo, le digo, conocí a San Juan Bosco con cinco años a través de las “Filminas Don Bosco”. Después escribí mucho sobre él, teniendo como maestros insustituibles y únicos a Piero Stella y a Pietro Braido. Basta y sobra. Sobre Bosco y sus circunstancias prefiero escribir sobre lo imaginado a sobre lo visto, ¿entendido?

¿Entonces?

El acierto de algunos relatos, como el de algunas narraciones, es el de parecerse a la vida de tal manera, que la misma vida pueda ser otra cosa sin necesidad de cambio. ¿Has entendido? El acierto del relato, de cualquier relato, no hay duda, no es descriptivo, sino su propuesta de posibilidad.

No es imaginable, oye, un mundo sin ficción, como no lo es un mundo en el que todo es sólo lo que se ve, lo que se palpa, lo que se huele, lo que se gusta. Todo, todo, a palo seco, tan tan seco, como la necia exactitud del robot matemático, del coleccionista de datos, cosidos, zurcidos, enganchados y ni un paso más. Ni uno más.

Amigo Javier, estamos hechos de agua y de fantasía. También de palabras y de lecturas. De imágenes y sonidos. De melodías y de olores. Los afectos, los deseos, los pensamientos, se llenan de cosas que abultan más que todo el cuerpo. Nuestra mente abarca un laberinto estirado y colmado de apetitos de odio, amor, emociones, que colonizan el cerebro de cada quien, tan desigual, por otra parte.

Bajo los ojos de la cara a las manos para obtener confirmación.

Sí, la sangre de ébano de mis bolígrafos Pilot G-2 07 está preparada.

Vamos.

El caso es que en 1992, durante un par de meses largos voy a encontrar la coreografía de mi relato. Estaré tan lleno de Aralar en los huesos, desde los cabellos a los pies, que dormiré en paz con mi cuerpo, corazón incluido.

¿Baile de tinta y papel? Sí, baile de tinta y papel.

La escritura es un lleno fascinante, cada día más cerca de convertirse en una vida llena. Es vocación de incordio, o sea, nunca sale gratis y no debe garantizar ningún espectáculo. Si lo garantiza es que se convirtió en carcasa vacía.

Barcelona y Sevilla son una apoteosis de primera línea de playa, pasando a segunda línea nada menos que Cádiz, Málaga, Alicante, Hondarribia o San Sebastián, por ejemplo.

Dispuesto ya sobre la tela de mi cuadro está la urdimbre de mi Juan Bosco y me refugio en Aldatz.

Mi operación creativa garantiza balacera hasta otoño.

Las agustinas del monasterio de la Santísima Trinidad me preparan la escalera hacia el silencio total en la buhardilla. Pienso en todo el trasteo redentor de la estrategia de Madre Camino Navarlaz que me activa horario, desde el amanecer a las cinco de la madrugada hasta las nueve de la noche.

Pienso, repienso, escucho, el mensaje del aire, camino de Lekunberri todos los días (cuatro kilómetros de ida, otros tantos de vuelta).

Al aire los hechos de Juan Bosco niño, adolescente, muchacho, bajo un cielo tembloroso de robles, hayas, álamos.

Baños de bosques desde temprano.

Baños de silencio.

Balbucea el silencio por Etxarri, o Arrúiz o Lekunberri.

Hablo con el silencio, en la parroquia de Aldatz, los sábados y domingos, al celebrar misa, casi, casi toda ella, en euskera. “Aintza, aintzia, zuri jauna”.

Los casheros me lo agradecen. Me mira con las cejas enfurecidas el capellán. Por ello insisto e insisto y todos los domingos les digo la misa a unos chiquillos guipuzcoanos de acampada en caseríos de Etxarri, con comunión en la mano, porfa, y nada de achuchones y que se la traguen por la boca, “como Dios manda”, decía el preboste.

Balbuceo en silencio por el monasterio.

Asciendo por la escalera de mi lengua.

Asciendo al silencio total en mi buhardilla.

Me enerva el cambiazo de mis papeles sobre “la masonería”. El cuerpo del delito se delata al dejar olvidada una revista “Vida Espiritual”, de los años veinte, o de los años de la “Polka de Don Bosco”.

Garaia da! ¡Es el momento!

Tengo que gozar del instante. Es mi ser.

El silencio definitivo del bosque y la belleza indecible del Valle de Larráun, me interpela. Hay que alabar las aldeas, las casonas, las cosas sencillas, los caminos perdidos, los arroyos tortuosos, la cizaña húmeda, las pacas de grano o de paja, las ovejas latxas, los zorzos saltarines (esos mirlos), las amonas centenarias, ¿y las amonas mantalgorri? (literalmente, abuela de delantal rojo), que significa “mariquita”, los santutxos o ermitas, las regatas Sutra o Insusti; los avellanos, los castaños, las hayas, los fresnos, fresnos de San Miguel de Aralar.

Docenas de nosotros han confiado a los fresnos de Aralar su senda de huida. Me veo con la garganta atenazada por la humedad, me convierto en cantante a fuerza de gritar “solo y a pie”, me vuelvo ronco por las cenizas y lascas que han acabado dentro de los sueños.

Me someto al frescor y la sombra en la inefable infinitud del hayedo y regreso por las cuestas inclinadas del valle al monasterio para ver qué me transmite el astillado espejo del día y de la noche.

El portón cierra sus postigos, casi por sí mismo; nadie me sigue por el camino. Era/es ermitaño sobre celda maestra.

Me aparece la historia desnuda: epidemias, peste, nieves, guerras, los Alpes, el pálpito regular de la muerte de Francisco Bosco, padre de Juan, a sus dos años (“Ya no tienes padre, hijo!”), en el recinto del tiempo perdido. Turín, capital del Piamonte, lleno de prisiones. Entre el estruendo de la calle y el brusco silencio de dentro, la dosis de violencia ritual que cada edad condensa y vive en una manera; la cárcel, La Generala, para los chicos sin suerte.

El hombre fiera para el muchacho sin amigos, mordiscos de hierros despiertos en la carne: en las muñecas, en los tobillos, hasta en el cuello.

La vida infame.

Y pienso, y escribo, y rumio. ¿Me habré equivocado buscando el silencio, este silencio?

No, no, la coreografía de mis palabras tiene que ser patria de raíces.

La coreografía de mi Juan Bosco “solo y a pie” tiene que venir de donde yo vengo, de silenciosas madres y abuelas de arcilla, de anchos rumores de vecinas, de altivas soledades de frailes escrupulosos, de claras complicidades de curas y canónigos bondadosos y magnánimos, de intrépidos hijos de obreros, de ríos de razas, hasta de gitanos y judíos. En duelo de mordiscos y azucenas quiero resaltar los amigos hebreos de Juan Bosco, como Samuel, Salomón o Jonás, su preferido y el de la “Bruja Lili”, su madre, que vibran como un frenesí de fruta fresca.

Mis negras noches de Aldatz se llenan de brillo con el tradicional Eguzkilore (Flor del sol), ese tipo de cardo que protege las casas vascas de todos los males que trae la oscuridad.

El eguzkilore aúlla el idioma de la vida.

El eguzkilore tiende la mano a la coreografía de mi Juan Bosco. Mi I Becchi es Aldatz; mi Castelnuovo es Lekunberri; mi granja “Moglia” es Muguiro; mi Montafia es Etxarri, mi Chieri es Pamplona, todo el valle de Larráun y la mismísima Sierra de Aralar. Todo regresa a la maternidad de la Madre Tierra Navarra/Piamonte, con secretos sencillos como una sangre.

Con la Flor del Sol en el portón de cada casa estamos en el alba de decenas de miles de haces radiantes y mi Juan Bosco, “Solo y a pie” se siente niño de nueve años que sueña con el camino de su vida, pero que no puede apagar esa llama mía de mi relato, como propuesta de posibilidad.

Mientras cae la lectura de sus hojas, su prologuista Rafael Alfaro observa: “En esta preciosa biografía nos encontramos con un Bosco muchacho que razona como un chico de hoy, sin duda de mañana; que afronta sus problemas con el tesón propio, pero con la gallardía de un garzón de nuestro tiempo. Parece la vida de un muchacho de hoy que hubiera hecho suya la vida que Don Bosco escribió ayer. Se diría que es un chico al que los salesianos quieren con pasión. Y que nos basta que sea joven para quererlo de verdad. Y más si se llama Juan Bosco”.

Lo que caracteriza a mi Juan Bosco, al margen de los debates de “eruditos a la violeta” y sonrisitas celosillas por debajo de la nariz roma o picuda, es la independencia de juicio y la atención a la belleza literaria.

Amigo Javier, prosigue Rafael Alfaro, el premio nacional de Literatura: “Acostumbrado Paco de Coro a unos libros muy serios de historia, dice que se ha divertido al escribir estos relatos y que lo ha pasado muy entretenido y que le ha servido de veraneo 1992. La Olivetti le ofrecía la música de sus teclas. De vez en cuando abría la ventana de sus ojos al valle de Larráun y a la Sierra de Aralar. Buen escenario para trazar la aventura de un chico piamontés”.

Baños de bosques al anochecer.

Baños de silencio.

Desciendo por la escalera de mi lengua.

Con el título: “Yo, Juan Bosco, otra vez con la mochila al hombro”, la Editorial CCS lo publicó en 1993, con dos mil ejemplares; con el título: Juan Bosco. Si tienes un sueño, realízalo, lo publicó en 2006 la editorial VOZDEPAPEL, con tres mil ejemplares; con el segundo título lo volvió a publicar Editorial CCS en 2012, con mil ejemplares, y, en fin, ahora en 2021, lo vuelve a publicar la CCS en la próxima colección “Gatadas 80. Paco de Coro”, a petición propia, vía Amazon.

1 Comentario

  1. Samuel

    Paco, nunca es tarde… ¡date una vuelta por Valdocco, I Becchi, Castelnuovo, Moglia y Chieri! Te falta uno de los cinco sentidos para «sentir por dentro» a Juan Bosco, solo y a pie: el sentido de la vista. Que no lo da solo la lectura de Stella y de Braido. Basta que vayas, que veas, en silencio contemplativo. No lo dejes para dentro de veinte años, que lo mismo ya no tienes la movilidad suficiente…

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