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La sacra de san Michele

18 mayo 2021

Una escala para unir la tierra con el cielo

Los recuerdos del pasado afloran por entre los sillares de piedra que forman mi cuerpo. Soy un antiguo monasterio benedictino. Atesoro mil años de historia entre mis muros. Me construyeron sobre la cima de una alta montaña del Piamonte. Aunque mis cimientos se asientan sobre rocas enhiestas, me elevo de puntillas hacia lo alto. Hicieron de mí una escala para unir la tierra con el cielo.

Atrás quedaron los rezos de los monjes y el ritmo cadencioso de los amanuenses escribiendo con cálamos sobre pergaminos. Añoro la antigua biblioteca. Quisiera recuperar la bodega y la botica; los debates en la sala capitular y el ruido que producían las herraduras de las caballerías al golpear sobre el empedrado de mi suelo. Pero me invade un silencio secular.

He albergado a obispos, caballeros y nobles. Por el tortuoso camino de herradura he contemplado cómo ascendían ejércitos prestos a la batalla. También he visto subir a ermitaños y peregrinos anhelantes de paz para sus atormentadas conciencias. He conocido tiempos de prosperidad y siglos de ruina y abandono.

Cuando llegaron ellos, yo creía que la vida ya no guardaba ninguna sorpresa para mí. Sin embargo, aquel día marcó un hito en mi historia.

Era otoño. Hayas y abedules se vestían de ocre. Al principio percibí tan sólo un rumor que subía desde el valle: algazara, cánticos y una música nueva. Agucé el oído. Reconocí los matices. Eran voces jóvenes. Risas mezcladas con una música alegre, desenfadada, profana y terrenal. Temí lo peor. Me imaginé invadido por personas mundanas mancillando mi gravedad; carcajadas disolutas quebrantando mi quietud espiritual.

Llegaron. El centenar de muchachos se detuvo ante mi puerta. Sentí su mirada contemplando mi majestuosa belleza. De pronto, un sacerdote joven, al que todos llamaban Don Bosco, les invitó a cantar.

Quise evitarlo. Pero, antes de que yo pudiera cerrar mis oídos, la música de aquellos instrumentos llenó todo mi cuerpo. A continuación vibraron las voces de los muchachos formando una oración que era canto, horizonte de esperanza y alegría.

Acostumbrado a las graves cadencias del canto gregoriano, quedé perplejo. En mis largos siglos de historia nunca había imaginado que el ritmo alegre de la vida pudiera convertirse en plegaria. Me dejé llevar. Su rezo ascendió por mis muros hacia lo alto. Gracias a los chicos de Don Bosco volví a ser la escala que une la tierra con el cielo.

Durante todo el día los jóvenes estuvieron recorriendo mi interior. Fueron sangre nueva fluyendo por mis venas de piedra. Al caer la tarde, marcharon. No he vuelto a saber nada de ellos. Pero desde aquel día, en mis largos silencios, añoro la cadencia de sus cantos y la armonía de sus sonrisas convertidas en plegaria.

Nota: Octubre 1850. Tras unos intensos Ejercicios Espirituales vividos por un centenar de jóvenes del Oratorio, Don Bosco organiza para ellos una excursión a la Sacra de San Michele. Ascienden con la banda de música por un camino de herradura. Este monasterio benedictino, levantado hacia el siglo X en memoria de san Miguel, es un emblema del Piamonte. Umberto Eco, antiguo alumno salesiano, se inspiró en él para escribir su novela «El nombre de la rosa» (1982) (MBe IV, 95-102).

Fuente: Boletín Salesiano

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