Seleccionar página

La viña

25 mayo 2021

Herencia y memoria

Era yo la viña más cuidada de cuantas poblábamos las laderas de I Becchi.

Siempre tendré en la memoria el entusiasmo con el que me compró Francisco Bosco. A los pocos días de estar con él comprendí que aquel buen campesino me había adquirido con el deseo de emanciparse. Deseaba dejar de ser un mendigo a jornal fijo trabajando el latifundio de los señores Biglione. Soñaba un día en el que él y sus hijos cultivarían sus propias tierras.

Recuerdo el primor con el que podaba mis sarmientos en invierno. Y el esmero con el que arrancaba las malas hierbas para que brotaran mis pámpanos en primavera. Nunca he olvidado el olor de azufre con el que sulfataba mis hojas. Me mimaba. Creo que entonces yo era feliz.

Cuando murió Francisco pensé que concluía aquel tiempo de prosperidad. Me equivoqué. Mamá Margarita, la esposa de Francisco, y sus tres hijos siguieron regándome con el sudor de su trabajo. Y me defendieron cuando un clima adverso maltrató a todas las viñas y provocó una mala cosecha.

Aquel año todo se confabuló para que hombres desalmados se animaran a robar mis exiguos racimos. Y así fue. Una sombra se adentró por entre mis cepas al amparo de la oscuridad. Mis hojas temblaron al sentir al ladrón. Yo me abandoné a lo inevitable cuando se dispuso a cortar el primer racimo… Pero de pronto se alzaron unas voces potentes y un estruendo de palos golpeando cacerolas. Estentóreos gritos arañaron el silencio de la noche. Allí estaba Mamá Margarita con sus tres hijos defendiéndome. Nunca lo olvidaré.

Con el paso de los años pasé a formar parte de la herencia de Juan Bosco. Me alegré. Yo le admiraba. Le había visto crecer entre mis cepas. Era trabajador y valiente.

Marchó un día de otoño. Regresó años después convertido en el sacerdote y padre de los muchachos pobres de Turín. Nunca se fue para siempre. Solo, o acompañado de sus muchachos, regresaba y venía a verme. Yo estaba orgullosa de ser su viña.

Pero un día llegó solo. Su rostro reflejaba preocupación. Se agachó. Tomó un puñado de tierra. Recorrió mis cepas con su mirada. Me dio las gracias. ¡Y me pidió perdón por haberme vendido!

Antes de que yo pudiera decir nada, me explicó: “Perdóname. He tenido que venderte porque mi casa se ha transformado en un hogar para los chicos de la calle. Compréndelo: tengo que comprar pan para que no roben los niños acuciados por el hambre. Debo vestir de cultura y dignidad a los pequeños aprendices explotados por patronos sin entrañas…”.

Quizás fue la pena o tal vez la impotencia. Lo cierto es que el sacerdote de los muchachos dejó caer una lágrima sobre mi tierra. Desde entonces cada racimo que crece en mí es un homenaje hacia él. Porque Juan Bosco vendimia a diario en el Oratorio una amplia cosecha de dignidad, alegría, trabajo, oraciones y sueños. Son los racimos de su “otra viña”.

Nota: 1846. Don Bosco era dueño de una pequeña viña, fruto de la herencia familiar. Para hacer frente a los múltiples gastos que ocasionan los muchachos del Oratorio, y contando con la complicidad de Mamá Margarita que ya le acompaña en Valdocco, venderá su viña. (MBe I, 82-83; MBe II, 400).

Fuente: Boletín Salesiano

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

También te puede interesar…

MAGICAL MISTERY TOUR

MAGICAL MISTERY TOUR

Viaje mágico y misterioso Nunca, nunca, han pasado tantas cosas como en 1968. Te las quiero soltar aquí en la cabeza,...

La casa Moretta

La casa Moretta

Un refugio para el invierno Era yo un caserón vetusto y antiguo. Nueve amplias habitaciones formaban mi planta baja....