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El anillo del padre

1 junio 2021

Una herencia de amor

Los campesinos de la aldea de Capriglio se habían congregado en la iglesia. Celebraban una boda. En el transcurso de aquella ceremonia Mamá Margarita me colocó sobre el dedo anular de Francisco Bosco, su futuro esposo.

Los anillos tenemos el corazón de metal, pero a veces nos dejamos contagiar por la emoción. Me conmoví viendo la ternura con la que aquellos jóvenes se prometían amor para siempre.

Los años siguientes fueron prolongación de aquel momento. Francisco era fuerte. Amaba a su familia. Engarzado en su dedo anular sentí cómo empuñaba el mango de la azada, el arado y la hoz para arrancar a los campos su cosecha anual. Fui testigo de las caricias que prodigaba a Margarita y a sus hijos. Junto a él soñé un futuro lleno de promesas.

Pero aquel paisaje se esfumó como la niebla de la mañana. Una pulmonía acabó con la vida de Francisco. Mamá Margarita, antes de la definitiva despedida, me tomó. Me besó entre lágrimas… Mientras, estrechaba la manecita de Juanito Bosco; el hijo pequeño que nunca más vería a su padre Francisco.

Tras el funeral fui confinado en un pequeño estuche de cartón. Pensé que Margarita me enterraba en el cajón de una tosca cómoda. Pero no fue así. Siempre estuve presente en su memoria.

Muchos años después Margarita me rescató de aquella oscuridad. Y, con voz quebrada por la emoción, me depósito entre las manos recién consagradas de su hijo Juan Bosco, nuevo sacerdote.

Me imaginé en su dedo anular rodeado de chiquillos huérfanos que besaban su mano y le aclamaban como padre. Pero Juan Bosco me depositó nuevamente en mi estuche de cartón. Regresé a la monotonía de los días y las noches sin relieve. Así transcurrieron muchos años.

Una mañana de diciembre ocurrió algo que cambiaría mi vida. Don Bosco abrió el cajón. Tomó mi estuche. Me contempló. Mi cuerpo dorado brilló de alegría. Los ojos de Don Bosco se empañaron de nostalgia recordando al padre que casi no conoció.

Cuando quise darme cuenta, Don Bosco me había depositado en otras manos… ¿Quién era mi nuevo dueño? Enseguida lo supe. Era un sacerdote al que Don Bosco había cuidado y acompañado desde pequeño en el Oratorio… Un sacerdote al que iban a consagrar como obispo: ¡Juan Cagliero, el primer obispo salesiano!

La felicidad rodó por mi cuerpo circular. Iba a convertirme en el anillo de un monseñor que conservaba en sus ojos la mirada de un chico humilde y en sus labios, la sonrisa joven de Dios heredada de Don Bosco.

Junto a Juan Cagliero viví muchas experiencias. Realicé viajes increíbles. Pero ahora que concluye mi vida quiero confesaros un secreto: siempre añoré la ternura con la que Mamá Margarita me depositó en el dedo anular de Francisco aquella mañana de junio en una iglesia humilde. Y es que hay momentos que marcan para siempre la vida de un anillo.

Nota: Francisco Bosco, padre de Juan Bosco, falleció cuando Juanito apenas tenía dos años. Mamá Margarita conservó el anillo de su esposo Francisco. Se lo entregó a su hijo Juan Bosco. Don Bosco conservó este anillo y lo regaló a Juan Cagliero, chico acogido en el Oratorio, sacerdote y primer salesiano consagrado obispo. (MBe V, 91; MBe XVII, 40).

Fuente: Boletín Salesiano

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