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Edificio Matesanz

3 junio 2021

Como cuando entonces

¡Eres un gato!

¡Soy un gato!

Nunca me ha sonado tan íntima esa palabra. Dio una vuelta en torno a mí, la palabra, y me lanzó un cross a la mandíbula. ¡Gato! Me gusta el tono, me gusta el acento. Me gusta el cross. Me gusta todo. “¡Gato!”.

“El gato –según el gran Pablo Neruda– quiere ser sólo gato y todo gato es gato desde el bigote a la cola”.

Salí del cuarto, dejé la puerta entreabierta, y en mi sala, llena de libros y oscura, entró una esquina de luz que cambió el espacio y el suelo de baldosa raída la sensación de celda monacal.

Como no estoy ciego, me he dado cuenta que el pequeño busto de Don Bosco “de sobre la mesa” ha desaparecido, después de treinta años acompañándome. Lo he sustituido con una estatuilla preciosa de María Auxiliadora, regalo de Don Samuel Segura Valero.

Me paro dudoso de mi talento, inseguro en mi oficio de sabueso, de “gato” madrileño. Y me pregunto dudoso: ¿Cómo respira mi espejo del baño cuando duermo?

He ido a buscar el mando del aire acondicionado para dejarlo encendido mientras salgo. Hace algunos días que ha cambiado el tiempo. Hace calor en Madrid.

El sol empieza a llamar por fuera y después de 20 meses –se dice pronto– a merced de un enemigo invisible, la vida se va haciendo sitio donde estaba antes, herida eso sí, pero invitando a ocupar otra vez el espacio abierto.

Amigo Javier, estoy un poco más delgado y me parece que me ha cambiado la voz, también el silencio, y que el peso perdido por el cuerpo lo arrastran las palabras.

Hoy los lugares más seguros de Madrid son las capillas ardientes de los tanatorios. O sea.

Madrid sigue siendo centro de atención informativa. Tengo un trabajo macanudo entre manos. Mi gran exclusiva. No te puedo decir más por el momento.

Estoy saliendo de la cueva de la pandemia –ya llevo las dos Pfizer encima– con los ojos aún entrecerrados y con ganas ¡oye! de algo diverso, que de algún modo es lo de siempre. La naturaleza no da saltos / Natura non fit saltus.

He leído en los periódicos que ha habido muchos infartos, y si a los “fascistas” de hoy les dan ataques del corazón, imagínate a los que conocimos fascistas de verdad en la posguerra. A mí ya me dieron tres múltiples y llevo sobreviviendo quince años.

Sé que el secreto de cualquier mensaje permanece encerrado en ese arca olvidada, la de los días azules y el sol de la infancia de Antonio Machado.

Amigo, me gusta soñar. Siempre me gustó soñar. Miento, Javier: me gusta pensar sueños. No, no es lo mismo soñar que pensar sueños, y a mí me gusta pensar sueños, cosas que podrían pasarme, pero que no me pasaron o que no me pasarán nunca.

Unas veces es a medianoche; otras, las más, en su umbral, tras alargar el brazo para apagar la luz de la mesilla y desplomar mi cabeza sobre la almohada, cuando mejor elaboro esta clase de pensamientos. Transcurridos unos instantes resulta más que difícil establecer la frontera entre la realidad y la fantasía.

De mirage en mirage, de Roma a Siena, de Vitoria a Donostia; de milagro en milagro, de Sevilla a Granada, de Sigüenza a Oñate, el mundo de los pensamientos se convierte en el mundo de los sueños, así como el mundo de los recuerdos se convierte en el mundo de los deseos y, entre ambos, late un corazón compartido –¡ay, ¡partió!– por el amor puesto a prueba entre pasado y presente.

Y como es importante volver a reconocer lo valioso, escapo de la contaminación de mentiras y miedos y de tanta basura ideológica que ésta propicia y me asomo a mis calles de toda la vida. Así creo regresar a los cielos de mi infancia.

Quedo conmigo en hablar poco. Ver y escuchar, pero también evitar ser visto como emboscado en esa espesura de la vida, turista visitando los desaparecidos de mis trece primeros años por Lavapiés, mis seis años como profe de Historia en Salesianos Atocha y mis tres en Salesianos el Paseo y en el “CES Don Bosco”. Pongo cara de duelo. Todo es una representación. “Que toda la vida es sueño, y los sueños sueños son”.

Tengo que actuar. Ronda de Atocha, Glorieta de Atocha, Calle de Atocha, Jacinto Benavente –Librería San Pablo–, Carretas, Sol. Y mirar. Por sobre los tejados rojos de los “atochares” o espartales ocultos está la Línea del Horizonte perdido.

Huyen ya las últimas limosnas de luz.

La gran exclusiva está en marcha.

Mi caminata amable no va a ningún sitio, pero a mí me sirve para recordar o enterarme del Madrid real, reconocerme en lo que miro.

Enfilo Montera.

De salir a pasear por Madrid lo que me gusta es reconocerme en lo que miro. Mirar y reconocer, reconocer y mirar, o inventar una historia con un par de datos sueltos, o saber la historia cierta de algo, y repetirla en silencio mientras camino, como la primera vez.

¡Eres gato!

¡Soy gato!

En días sin rumbo como hoy, si paso por Montera, me gusta llegarme al edificio Matesanz, ya en Gran Vía, como cuando eran otros los nombres pronunciados, los teléfonos a los que llamar, las cafeterías en las que verse, los secretos insinuados. Como cuando entonces.

Sabes, Javier, había una botella en el centro de la mesa. Mientras yo navegaba por el futuro, Iñaki Echániz se veía dentro de la botella, tratando de flotar en el agua. Yo quería que Iñaki fuera hombre de mar. Pero un hombre de mar de mar. Es mi manera de hablar, una forma de precisión personal.

Me gusta el corto relato de Iñaki. Yo lo veía de esa manera, metido en la botella, sacando la cabeza por encima del agua. Siempre era así. Siempre había sido así. Lo que él contaba estaba sucediendo. Había sucedido. Iba a suceder. Y ese día nacía el sueño de “Laín Entralgo”. La ciudad-museo de la Medicina.

Teníamos nuestra sede central en Gran Vía, en el edificio Matesanz y empezamos a trabajar como una especie de red de tomar el pulso del patrimonio sanitario –riquísimo y desperdigado– de Madrid. Empezamos a dirigir un pequeño equipo, que operaba al estilo “arcoíris”, iluminando en un mismo espacio de etnografía, la medicina, la historia, la biología, la lingüística, la arqueología. Todas las horas eran pocas. El trabajo ocupaba hasta el ocio. El ocio era el trabajo.

¿Qué tengo que hacer para colaborar con vosotros?, me preguntaba una y otra vez Luis Pecci.

¿Qué tal andas de vista?

Bien, respondía el muchacho, intrigado.

Pues lo único que tienes que traer es un suplemento de vista.

¿Sabes que tienes apellido italiano y de Papa?

En Sanidad Madrid le habían dado el título honorífico de “El hombre que más sabe de arqueología”. Era una gloria escucharle hablar, pues no disimulaba su saber. Le gustaba hablar más que el café de media mañana. Mientras los demás lo degustaban por largo tiempo, él disfrutaba narrando. Y yo bebía de ese goce.

La Ciudad-MuseoLaín Entralgo” había estallado en Gran Vía como una bomba de polen en la atmósfera.

Me gusta pasar por aquí y contemplar el edificio Matesanz. No sabe que me vincula a otra edad, a otros años, a otros días, a otros recuerdos, a ciertas aventuras ya perdidas. Mi magnífico despacho daba a la Vía Grande de Madrid. Enfrente el Hotel Italia, a la izquierda el Grupo Prisa y a la derecha la Telefónica. El equipaje que me deja este edificio no sólo es el relleno natural de mis recuerdos. Todos los del 11 M por ejemplo también.

Tiene que ver, pues, con emociones y sentimientos, con daños, con espantos, con rabia. Tiene que ver con la inseguridad, con esquivar durante dos años, menos dos meses, las arenas movedizas de la actualidad, tan rabiosa y tan en su centro.

Amigo Javier, recorro los lugares de Madrid que me gustan, hilando recuerdos que los hacen míos, porque una calle es la memoria que tenemos de ella. Amar Madrid también es esto. Amar la vida también es esto: es recaudar detalles que sin duda a casi nadie importan, pero por eso mismo nunca la ciudad te será indiferente. Y cada cual tiene la suya.

En días sin rumbo, si paso por Gran Vía, me gusta detenerme a contemplar el edificio Matesanz, de abajo hacia arriba. Cuando veo encendida la luz de la planta quinta, me imagino a Iñaki Echániz Salgado, dando vuelta al proyecto “Laín Entralgo”. Lo que él cuenta está sucediendo o va a suceder. Si en 2003 fue como Consejero de Sanidad, ahora ya será como ministro. Yo ya no lo veré. Como cuando entonces.

3 Comentarios

  1. L. Fdo. Sáenz de Miera Pastor

    Las vivencias y las experiecias de años pasados. .. siempre nos van a dejar, riqueza positiva, en lo que nos hemos convertido en la actualidad??
    Los sueños, serán realidades de proyectos?
    Los acontecimientos pasan, los años se suceden en un continuo movimiento… Y mientras que los lugares de nuestra infancia ia, juventud, madurez transcurran… Seremos capaces de seguir encontrando nuestra personalidad, nuestra libertad… Para poder repartir generosidad y valores humanos y es pirituales a los que caminan a nuestro lado??

    Responder
  2. Samuel

    ¿Por qué no lo vas a ver, Paco? ¡Claro que lo verás! Tienes cuerda para rato, y el corazón está a prueba de bomba después de tantas pruebas…

    Responder
  3. Francisco Javier Alonso Vázquez

    Enhorabuena Paco por haber redactado esta composición revestida de esteticismo artístico, creatividad literaria y prosa selecta. Sin embargo discrepo en una aseveración vertida en tu texto. No puedo comprender que hagas esta afirmación: «el gran Pablo Neruda», tratándose de un poeta que escribió una oda a Stalin. Personaje siniestro, genocida atroz y tirano despiadado que cubrió de sangre su país y su impronta de maldad y vileza llegó incluso a España enviando a sus sicarios en aras a fundar chekas.

    Responder

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