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El silbido

8 junio 2021

¿Sabes silbar?

Fiu-fiu… Fiu-fiu-fiu. Fiuuu.

Soy un humilde silbido. Vivo acurrucado en el interior de mi dueño. Estoy siempre dispuesto a brotar por entre sus labios fruncidos. Aunque mi cuerpo es tan sólo un leve soplo, mi melodía deja flotando sonrisas en el aire. Pertenezco a un joven albañil huérfano. Amamantado en la soledad. Crecido en el sufrimiento. Acunado en dormitorios públicos con esa siniestra nana que entonan las toses de los tísicos y los gritos de los borrachos.

Era la fiesta de la Inmaculada. Amanecía sobre Turín. Mi dueño se incorporó sobre su jergón de paja: miseria poblada de chinches y pulgas. Salió a la calle. Deambuló encogido por el frío. Resguardaba sus manos en los bolsillos de su raído pantalón de pana. Sabañones. Manchas de yeso y cal. Gorra de obrero calada.

Fiu-fiu… Fiu-fiu-fiu. Fiuuu.

Silbó. El frío condensó el aire que emergía de sus labios. Acompasé mi melodía a su caminar. De pronto, una iglesia abierta. Entró. Se situó temeroso en el fondo del templo. Me hizo callar. Los fieles musitaban sus rezos.

Y, cuando menos lo esperábamos… apareció el sacristán. Blandía el mango de un plumero. Golpes. Puntapiés. Y el dolor de los insultos, que, aunque se perciben con el cuerpo, se sienten del alma. Mi dueño huyó hacia la puerta. De improviso, una voz potente recriminó al sacristán: «¿Qué hace? ¿Por qué le pega? Es amigo mío. ¡Llámele enseguida!».

Regresó amedrentado el albañil. Le aguardaba Don Bosco con sonrisa sincera. Le repitió varias veces la palabra «amigo». Creó un paisaje de amabilidad para atenuar el temor.

Cuando concluyó la misa, fui testigo de la cordial conversación que Don Bosco mantuvo con mi dueño: «¿Vive tu padre? ¿Vive tu madre? ¿Sabes leer? ¿Sabes escribir? ¿Has hecho la primera comunión…?». De los labios del muchacho tan sólo brotaba una retahíla de «noes». Era la consecuencia de una existencia vacía de afecto y ahíta de soledad. Los ojos de mi amo miraban hacia el suelo. Los «noes» del fracaso rodaban uno tras otro. Se desvanecía la esperanza.

Cuando todo parecía perdido, Don Bosco hizo un requiebro. Formuló una inusitada pregunta: «¿Sabes silbar?». Un «sí» iluminó el gris paisaje. Alzó la mirada. Sonrió por primera vez.

Fue entonces cuando yo broté espontáneamente: Fiu-fiu… Fiu-fiu-fiu. Fiuuu.

Don Bosco escuchó mi melodía de silbido con respeto sagrado. Rezó una avemaría. Luego, con voz baja susurró: «Este es el inicio del Oratorio».

Desde aquella mañana no he dejado de poner música a la vida de mi dueño. Pero nunca he llegado a comprender qué hacía yo en el origen de proyecto tan grande. Quizás sea porque los silbidos tenemos el privilegio de ser una sonrisa en el aire.

Nota: 1841. Fiesta de la Inmaculada. Don Bosco se dispone a celebrar misa. El sacristán golpea a Bartolomé Garelli, joven albañil. Don Bosco defiende al muchacho. Conversa con él. A cada pregunta, una respuesta negativa. Al final Don Bosco le pregunta: ¿Sabes silbar? Respuesta afirmativa. Comienza el Oratorio (MBe II,64-66).

Fuente: Boletín Salesiano

1 Comentario

  1. Rubén

    Un maravilloso texto, como ya es habitual. Muchas gracias.

    Responder

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